viernes, 29 de diciembre de 2017

Ellas...




Gracias por estar a mi lado, aunque muchas veces no físicamente, siempre han estado allí cuando quiero comunicarme con ustedes. Gracias por escucharme.
Sé que soy una testaruda, y que muchas veces no sigo lo que me aconsejan, pero aún así les agradezco sus palabras.
Gracias por consolarme cuando he estado triste, y por sacarme una sonrisa con sus ocurrencias.
Gracias por regañarme cuando lo he necesitado, porque todos necesitamos que nos jalen las orejas de vez en cuando.
Gracias por levantarme cuando a veces me siento en el piso, o estoy al borde del colapso nervioso.
Gracias por soportarme cuando he estado intensa y dramática, sé que no es fácil.
Gracias por ponerme a pensar porque a veces estoy demasiado metida en mis ideas, y se me olvida que existen muchas perspectivas para ver las cosas.
Gracias porque pese al tiempo que hemos estado separadas no me olvidan, ni yo a ustedes.
Gracias por brindarme su amistad, que espero se haga más fuerte cada año.
Gracias por las largas conversaciones telefónicas, no saben como aprecio el tiempo que me brindan.
Gracias por los abrazos, por que no saben como me reconfortan.
Gracias por hacerme un espacio en su corazón.
Gracias amigas por estar siempre a mi lado.
Las amo.

lunes, 25 de diciembre de 2017

El Quijote y Dulcinea




-Es que estás enamorada.
Zas! Las palabras de mi amiga me atravesaron el cuerpo con una lanza. No sabía que replicar. Mi mente estaba trabajando en procesarlas pero me sentía aturdida. ¿Que yo qué? Me sentía como si me hubieran dado el diagnóstico de algo improbable, casi imposible. ¿Había escuchado bien? No, el doctor seguramente se había confundido.
-No es la persona indicada - dije trastabillando un poco. Era todo lo que podía decir en mi defensa, aunque yo sabía de antemano que ya estaba condenada.
-Eso no se puede elegir - remató ella desde el otro lado de la línea telefónica. - Uno no puede elegir de quién se enamora, y tú estás enamorada.
En ese momento me imaginé en un traje naranja siendo condenada a la cárcel. Tenía razón, uno no puede elegir de quién va a enamorarse, aunque yo deseaba con todas mis fuerzas que mi cerebro no procesara esa afirmación de manera positiva. Aún tenía la esperanza de que el resultado fuera negativo.  
Yo nunca me había enamorado. Siempre que me lo preguntaban respondía con un rotundo NO. Tajante, y todos se sorprendían. ¿Como era posible que yo nunca me hubiera enamorado? Esa era la pregunta que siempre acompañaba semejante respuesta. Simplemente, no había ocurrido, decía yo. No había encontrado al "indicado", y ahora pienso que esa respuesta es bastante ridícula. No hay indicado para enamorarse, solo te enamoras y ya.  Eso es lo que quería decir mi amiga, y eso es lo que mi cerebro trataba de procesar. 
-Es que yo soy el Quijote y él mi Dulcinea - dije de la forma más poética que pude, aunque al mismo tiempo me sonó alfo pretenciosa. Pero era cierto, yo, como El Quijote había convertido a un chico promedio en una irrealidad fantasiosa, olvidando sus defectos y convirtiéndolo en la representación de mi afecto, la perfecta representación de mi afecto. Me había vuelto loca al igual que El Quijote, porque me rehusaba a creer todo lo que decían mis amigas que él era. Mis Sanchos querían mantenerme en la realidad, cuando yo ya me encontraba muy lejos, librando batallas con Molinos de viento. 
Mi amiga se rió. Yo también. Todo sonaba tan ridículo. Pensé que esta historia bien podría pertenecer a libro de los amores ridículos de Kundera. Yo usaba ese tono trágico, mientras mi amiga lo convertía en comedia. 
Cuando colgamos, mi cerebro emitió un resultado. Era cierto, yo estaba enamorada. Y aunque tardé en aceptarlo eso no fue nada comparado como cuando me tocó aceptar a la persona de quién me había enamorado. Mis amigas le habían puesto diferentes sobrenombres, y me costaba recordar cada uno con cada una de ellas. 
Pensaba que ojalá Cortázar no tuviera razón, que si pudiéramos elegir a la persona de quién nos enamoramos. Aún así creo que hubiese sido demasiado tarde. Cuando las apariencias engañan generalmente lo descubres demasiado tarde. Quizás el Quijote muy dentro de sí sabía que Dulcinea era una campesina común y corriente, pero decidió ignorarlo. Prefirió su fantasía. Pero que no acaso todos nos transformamos en Quijotes alguna vez por amor?  
Sentí una punzadita en el corazón. Sabía lo que venía a continuación. Sabía que el dolor brotaría de la herida y que saldría despacio y después me embargaría, poro a poro, llegando a cada órgano, como una reperfusión.
Pensé en la ironía de la vida. Pensé que la próxima vez que me preguntaran ¿has estado enamorada alguna vez? asentiría lentamente y diría (de manera un tanto irónica), sí, claro que sí.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Untitled (XV)...





Hubiera querido que fuéramos algo.
Algo más que lo que fuimos.
Pero solo fue amor de a ratos.
Amor de horas, amor de minutos.
Solo fue amor de miradas,
que ya ni siquiera sé si eran reales o fingidas.

Fueron más mentiras que verdades,
fueron más tus palabras punzocortantes
fue una herida más.

Hubiera querido que fuéramos algo.
Algo más real.
Sé me olvida que a veces
el amor es un juego perdido.
Sé me olvida que a veces
es más locura que realidad.

Y es que yo soy El Quijote
y tu mi Dulcinea,
quizás he sucumbido a la locura
de tu irrealidad.

Quizás existamos
en algún lugar
quizás seamos
en aquella surrealidad con la que a veces sueño
quizás sea yo la equivocada
y esto no es, ni sea
Amor.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Malas matemáticas...




Sabía que las probabilidades de que estuviéramos juntos eran bajas. Tan bajas que los especialistas seguro las considerarían nulas. Yo siempre he sido mala para las matemáticas, quizá por eso creí en que podía existir alguna posibilidad. Tonta de mí. Eso me pasa por hacer mal las cuentas. 

Quise sumar 1 + 1 donde nunca hubo otro, donde independientemente de cuanto lo intentara, jamás obtendría el = 2. 
Quise multiplicar lo que teníamos, aunque eso fuera menor que 1. En serio quería, en serio, a veces aún quisiera, multiplicar tu felicidad.
Quise dividir las penas, compartiendo historias, tratando de entender, tratando de llegar a ti.
Quise llegar al límite cuando sabía muy bien que nuestra historia tendía a cero. 
Quise encontrar la raíz cuadrada, a algo que siempre fue imaginario.
Quise encontrar el centro, el radio y hasta el diámetro que nos uniera, pero te decantaste por la tangente. 
Quise encontrar nuestro binomio cuadrado perfecto, más no me quedaba claro que tu deseabas un trinomio.
Quise encontrar nuestro punto de convergencia, sin entender que éramos asíntotas aproximándose al infinito.
Quise sumar, donde solo podía restar.
He ahí mi resultado, el que al final encontré. Donde me resté yo.
Y es que no siempre 1 +1 = 2, pero es tan difícil de entender.
Pero ahora lo entiendo todo. Y te lo agradezco, gracias por enseñarme matemáticas.
Ojalá el amor fuera tan justo como ellas, y menos complicado.
Gracias, por que ahora gracias a ti, ya soy menos mala en matemáticas.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Untitled (XIV)...


A veces me pregunto que hubiera pasado si me hubiese decidido a ir por ti.
Si hubiera tenido la valentía de dejar, mis pensamientos, mis miedos, mis dudas....por ti.
A veces me pregunto que hubiese pasado si aquella noche nos hubiéramos besado.
A veces me pregunto que sería de nosotros si...
Hubiese tomado el autobús y hubiera ido a verte,
Si no nos hubiéramos distanciado,
Si leyeras estas líneas...

A veces me pregunto si algo cambiaría,
a veces me pregunto si volveremos a coincidir algún día.
A veces me pregunto si este mundo redondo, nos pondrá de vuelta.

De las pocas cosas que me arrepiento en esta vida,
es de no haberte buscado.
Y te extraño, en noches como hoy, cuando te pienso tanto.

A veces me pregunto, que pasaría si me escucharas decir esas dos palabras,
será que tu también me amarías?


martes, 28 de noviembre de 2017

Creyente




Después de numerosos fracasos en eso que llamar "encontrar el amor" me volví, por ponerlo de alguna manera, atea. Cada vez que escuchaba a alguien hablar sobre encontrar al amor de su vida, yo volteaba los ojos y decía algo sarcástico. Mis comentarios se volvieron cínicos. La idea de que la mayoría de las mujeres pasáramos gran parte de nuestra vida, y nuestro tiempo, pensando en algo así, se me hacía absurda y obsoleta.¿Qué no hay otros temas? ¿Qué no hay otras cosas más importantes que solo eso? 

Sin embargo, debido a un suceso algo extraño que ha sucedido en mi vida recientemente, y un sinfín de terapias telefónicas por parte de mis amigas, me he replanteado las cosas. Y es que desde antes de venirme a esta nueva ciudad, yo tenía una idea muy firme sobre lo que quería, y ahora, esa idea se ha tambaleado. 

Me he comenzado a dar cuenta de que quizá doy la impresión de aquello que precisamente no quiero, en vez de aceptar la que quiero y transmitir esa idea. Pero es que a veces no sé como. Quizá las experiencias sirven para eso, para recordarte aquello que no quieres y que deberías quitar de tu vida para poder darle paso aquello que deseas. 

Quizás sea una cuestión de creer. Quizá debería volverme creyente de aquello en lo que había dejado de creer, de darle una oportunidad y ver qué pasa. Quizá debería dejar el cinismo de lado y concentrarme en aquella parte de mí, que esta allí dentro, lo sé, pero que casi siempre evita salir, y ver qué sucede. 

Quizá debería empezar por la aceptación. La aceptación de aquello que quiero. Quiero un la la land, un baile a luz de la luna, un momento, un atardecer, un caminar juntos, una plática en la que nos ríamos de todo y de nada en particular, una mirada, un suspiro, un café. Quiero algo más que la mitad, o los pedazos. Quiero volver a creer.  Sí, suena cursi, lo sé. 

Quizás debería volverme creyente.

Amén.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Tentación




Me dirigí hasta la suite 101. Mientras subía en el elevador respiraba profundamente, tratando de pensar detenidamente en las palabras que iba a pronunciar. Las puertas se abrieron y caminé por el pasillo, pausadamente, a diferencia de otras veces en las que el anhelo se apoderaba de mí. Llegué hasta la puerta blanca, y sentí como el corazón se me hundía. Tenía que hacerlo, me lo repetía una y otra vez. Deseaba haber tomado más alcohol. Deslicé la tarjeta y entré.

Allí estaba él, sentado sobre la cama, contemplando el paisaje a través de la ventana. La habitación era blanca, impoluta, y por primera vez, me sentí totalmente fuera de lugar, con mi vestido negro y mis tacones rojos. Yo no cuadraba allí, y sentí que jamás lo había hecho. M se levantó y caminó hasta donde yo estaba. Se plantó delante de mí, y sin decir nada, me apartó el mechón de cabello de la cara. Ahora podía ver sus ojos, y sentí que morí. Siempre me había sentido cautivada por sus ojos, sus ojos cafés, profundos e insondables, misteriosos y hermosos. Podía hechizarme con su mirada. 

-Tardaste - dijo.

No contesté. No quería hablar, no quería darle explicaciones. Hice acopio de todas mis fuerzas para no lanzarme a sus brazos. 

-Hay algo que quiero decirte - inmediatamente se me hizo un nudo en el estómago.

M caminó de vuelta a la cama y se sentó. Hizo ademán de que me sentara a su lado pero yo preferí estar de pie. 

-Es serio entonces - comentó al ver que no me sentaba.
-Creo que debemos dejar de vernos - dije lo más rápido que pude antes de que la cobardía se apoderara de mí.
-¿Puedo preguntar porqué? - arqueó las cejas y yo sentí que me derretía. 
-Creo que es lo mejor - respiré - para mí.
-Ya veo - M no decía mucho, él siempre había sido de pocas palabras. Pero yo sí deseaba que dijera algo más, aunque bien sabía que eso no pasaría.

Se levantó de la cama y caminó hasta el balcón, yo lo seguí. Contemplamos la ciudad, los grandes edificios que nos rodeaban y la luz que se reflejaba sobre ellos dándoles un aspecto brillante. Después me giré hacia él, quería verlo lo más que pudiera, quería llevarme su recuerdo grabado en la memoria y en mi cuerpo. Cerré los ojos imaginando sus manos recorrer mi piel. 

-¿Porqué es lo mejor para ti?- su voz me sacó de mi trance.
Rebusqué en los rincones de mi mente alguna mentira, traté de recordar el discurso que había preparado junto con mi amiga, pero fue en vano, todas las palabras se habían borrado de mi mente. Así que opté por la verdad.
-Me duele que no seas para mí. 
M asintió. 
-Teníamos un trato.
-Lo sé - dije sin poder evitar que la voz me temblara un poco - y violé una de las reglas.
M seguía contemplando una vez más. Me acerqué más él y puse mi mano sobre su pecho.
-No puedes tocarme - dijo. 
-Lo sé - agregué - pero lo mío nunca han sido las reglas - supe que en ese momento debí irme pero no pude. 
Nuestras miradas se cruzaron y en ese momento supe que si él me lo pedía haría lo que quisiera. 
-Quisiera que fueras mío.
Se encogió de hombros, como lo hacía con regularidad. Era su forma de decir "no tengo nada que decir". 
La luz lo bañaba y yo solo pensaba en lo bien que se veía. El deseo comenzó a despertar en mí.
-No puedo darte lo que me pides.
- Lo sé - y esta vez no traté de ocultar el pesar que me ocasionaban sus palabras - lo supe desde el principio.
Permanecimos en silencio un buen rato. Quizás ya no había que decir. 

-Una última vez - dijo M, colocando su cabeza de lado. Adoraba ese gesto, y él lo sabía. Me tomó de la mano y entramos a la habitación. 
Me colocó de espaldas y sentí su labios en mi cuello. La piel se me erizó al instante. Estaba cayendo hacía la tentación, y tenía, debía, detenerme pero no quería. Tan solo deseaba hundirme en el profundo abismo al que él me llevaba. Colocó sus manos sobre mis pechos y comenzó a bajarme el cierre del vestido. La respiración se me entrecortó. Mi mente me decía que me fuera y lo dejara allí pero el resto de mi cuerpo deseaba permanecer allí bajo su hechizo. Me giré hacia él y lo miré a los ojos. Estaba condenada. Seguramente pagaría muy caro esta tentación. Lo besé. Sus labios me volvían loca. Estaba perdida y nunca me sentí tan bien por estarlo.

Comenzó a quitarme el vestido y contemplé la cama. Imaginé a otra mujer desnuda sobre ella, la que pronto me reemplazaría, porqué así era M. Yo me iría y el conseguiría a alguien más. Yo me iría, amándolo, y él pronto ya no pensaría en mí. El pensamiento me hizo sentir una punzada en el corazón. Lo sabía desde el principio, que nunca podríamos estar juntos. Pero acepté su propuesta porque nunca he creído en las historias de amor. Qué ilusa. Y ahora lo estaba pagando muy caro. Quise llorar pero lo suprimí. Era la última vez, no podía llorar.

Me ató las manos y me colocó en la cama. Me besaba mientras yo estaba bajo su mando, sin poder tocarlo. Así había sido siempre. Se colocó sobre mí y me miró. Observé sus ojos, y pensé que me perseguirían por siempre, y quizás lo deseaba. Me alcé lo más que pude para besarlo pero él se apartó. Lo odié con todas mis fuerzas en ese momento. Entonces me sentó sobre la cama y empezó a desatarme las manos. Me quedé en shock. Nunca lo había hecho. Hecho el lazo al piso y me miró. No dijo nada, como siempre, pero no era necesario. Nos besamos. Podía tocarlo esta vez, porque era la última vez.

***
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.