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lunes, 27 de agosto de 2018

La lucidez del Quijote




Recuerdo que, hasta hace un par de meses, cuando hablaba con Sancho de mis infortunios, él me decía, con en esa paciencia que lo caracteriza, "ya pasará, el dolor pasa, ya lo verá". Yo hacía un ademán y decía que él no lo entendía. Por supuesto que lo entendía, dado que él también ya tenía cierta experiencia en esto que a mí me gusta llamar "los infortunios amorosos". No es que yo no lo tuviera, solo que mi actual situación era en verdad, desafortunada. Prácticamente, yo estaba enamorado de una persona que no existía, o al menos, era consciente de eso cuando recuperaba la lucidez, sin embargo, cuando volvía a sumirme en aquella surrealidad, o irrealidad tal vez sería un término más adecuado, me rehusaba ante tal posibilidad. Oh Dulcinea, mi dulce Dulcinea. 

Me parecía un total disparate que semejante mujer hubiese sido un producto de mi imaginación, estaba convencido de que ella existía, quizás no aquí exactamente, pero si en algún lugar. Recuerdo que cuando Sancho me dijo que Dulcinea era en realidad Aldonza, me pareció una ofensa, como es que podía comparar a mí señora con esa vulgar campesina. Me rehusé a creerlo. A veces aún lo hago. Sancho me dijo en múltiples ocasiones que Dulcinea no era como yo creía, no era como yo la había creado. Quizás tuviera razón pero yo no podía creerlo.

¿Como era posible que no existiera aquella perfecta dama por la que yo había peleado contra gigantes? ¿A la que le había escrito cartas? Cuando volvía a mi estado lúcido, él cuál no era de mi agrado siendo sincero, porque me parecía aburrido y patético, me preguntaba si no había sido precisamente ella, la que me había lanzado a la locura. Quizá, y se lo agradezco. Gracias a ella una parte de mi vida estuvo llena de aventuras.

Sancho me dice que ya la olvide, pero es que él no lo entiende. O tal vez si, es que él es muy sabio. A veces pienso en ella mientras miro por la ventana y tamborileo los dedos en alféizar y veo unos extraños molinos de viento que se agitan al compás del aire y la llamo: oh Dulcinea, mi dulce Dulcinea. Incluso a veces, cuando tomo un paseo por el bosque, puedo jurar que los árboles me susurran su nombre, puedo jurar también, que los pájaros también lo dicen en una dulce melodía.

Oh Dulcinea, me pregunto dónde éstas. Si estás durmiendo apaciblemente u observando el cielo nocturno, o sí estás dando un paseo alegremente por el jardín. Me pregunto si te habrán llegado mis cartas y si aún me estás esperando. Quizás pronto vuelva a ti mi Dulcinea, quizás pronto nos reunamos de nuevo. 

Creo que debo parar aquí. Escuchó a Sancho a lo lejos. Viene a darme un menjurje para que me recupere. ¡Ja, como si yo lo quisiera! Ay Sancho, el buen Sancho. Ojalá supiera que yo no extraño la realidad, que yo soy feliz en la locura, porque es ahí, donde puedo estar con ella, con mi Dulcinea.

****
Nota: Como es fácil de deducir, esta historia esta basada en la novela "El Quijote", aunque debo admitir que nunca la he leído, así que me tomé libertad creativa.
***
Esta historia esta dedicada a Clarita. Saludos.

martes, 27 de marzo de 2018

El fin del mundo...

 
 
 
Mientras recorria las calles los recuerdos me llegaban como las olas del mar. Despues de mucho tiempo habia vuelto a "B", sin embargo esta vez la luz con la que miraba aquel lugar me parecia diferente a la de aquella primera vez. Ahora todo me parecia melancolico y gris, quiza favorecido por mi estado de animo y la advertencia de una lluvia que se avecinaba,
 
Recuerdo que, aquella primera vez, el ruido de mis tacones golpeaba con impetu las baldosas de aquel lugar. Ahora yo caminaba sin ganas, casi arrastrando los pies. Porque habia vuelto? Porque necesitaba recordarlo, aunque sea por ultima vez. Queria respirar el aire de aquel lugar, para ver si aspiraba, aunque sea, un poco de su esencia. Queria pisar las mismas calles por las que el alguna vez habia andado. Queria observar los edificios que habian visto sus ojos. Queria que aquel lugar, cuyo nombre ya no importa, me trajera el eco de su voz, el recuerdo de su existencia.
 
Las lagrimas empezaron a brotar y me recargue sobre uno de los edificios. Tenia que recobrar las fuerzas. Sujete la carta con fuerza y me recorde que todo lo que yo imaginaba, el ya lo habia hecho con ella. Una vez mas, senti como el Corazon se me resquebrajaba a pedazos. Me limpie las lagrimas y continue mi camino hasta el jardin principal. Tenia que seguir las instrucciones que Melquiades me habia dado.
 
Recorde aquella noche en que todo termino. Hacia frio y yo esperaba darle una sorpresa. Quien hubiera predecido que la sorpresa me la llevaria yo al verlos caminar por aquel lugar, tomados de la mano. Cuando lo vi, el se sorprendio. Yo descargue mi furia, pero la unica que dijo algo fue ella. El no me siguio, el se quedo con ella. Ahora se encontraban en algun lugar, seguramente, tomados de la mano.
 
Y ahora era momento de acabar con todo esto. Se acercaba el fin del mundo. Dentro de poco ya no quedaria rastro de este lugar, cuyo nombre no importaba ya porque no seria recordado, se borraria del recuerdo de las personas y se iria junto con mi dolor y mi tormentoso recuerdo. Me dolia el Corazon pero eso tambien pronto se terminaria. El dolor por fin desapareceria.
 
Llegue hasta la plaza principal. Mire hacia todos lados. Sabia que todo era cuestion de minutos. Suspire. Senti que no podia hacerlo. Al fin y al cabo este lugar era lo unico que me quedaba de el, lo que quedaba de nosotros, de lo que alguna vez fue. Pense que seguramente una parte de el se iria conmigo, estaria conmigo para siempre. Aunque tal vez el ya no me recordaria.
 
Mi abuela alguna vez me dijo que teniamos que aprender a vivir con el dolor. Y lo intente, pero a veces no es tan facil reparar un Corazon dañado. Observe aquel lugar y trate de imprimirlo en mi memoria. Pronto desapareciriamos de este mundo, como Macondo.
 
Rompi el sobre y commence a leer:
"Pasaron muchos años para conocerte, para coincidir. Veintiocho para ser exactos. Te amo y te amare hasta el ultimo Segundo que este aqui parade leyendo esta carta. Incluso te amare despues de que este lugar desaparezca y yo junto con el. A veces llego a mi preguntarme si todo esto no fue solo un sueño, y que tu y yo existimos el algun mundo paralelo. Tal vez.
Siempre quise un nosotros, pero ahora me doy cuenta que siempre es tan solo un adverbio. Volvi a este lugar donde tu viviste, para respirar un poco de ti, de todo lo que eras. Ahora me ire, me convertire en polvo de estrellas y podre verte de lejos. Quiza no estabamos destinados a estar juntos, quiza estas destinado a alguien mas. Solo queria decirte que te he extrañado todos estos dias, y que el tiempo dejo de avanzar desde aquella noche. Quizas asi deba terminar esta historia, como al principio, que no habia nada. Tan solo recuerda que te quiero, te quiero, te quiero."
 
La carta se termino, mientras el viento se llevaba aquel lugar y desaparecia de la faz de la tierra.
 
++++
Nota: Esta es una obra de ficcion, cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia. Esta obra esta inspirada en "Cien años de soledad" de Gabriel Garcia Marquez por lo que se menciona tanto a Macondo como a Melquiades.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Tentación




Me dirigí hasta la suite 101. Mientras subía en el elevador respiraba profundamente, tratando de pensar detenidamente en las palabras que iba a pronunciar. Las puertas se abrieron y caminé por el pasillo, pausadamente, a diferencia de otras veces en las que el anhelo se apoderaba de mí. Llegué hasta la puerta blanca, y sentí como el corazón se me hundía. Tenía que hacerlo, me lo repetía una y otra vez. Deseaba haber tomado más alcohol. Deslicé la tarjeta y entré.

Allí estaba él, sentado sobre la cama, contemplando el paisaje a través de la ventana. La habitación era blanca, impoluta, y por primera vez, me sentí totalmente fuera de lugar, con mi vestido negro y mis tacones rojos. Yo no cuadraba allí, y sentí que jamás lo había hecho. M se levantó y caminó hasta donde yo estaba. Se plantó delante de mí, y sin decir nada, me apartó el mechón de cabello de la cara. Ahora podía ver sus ojos, y sentí que morí. Siempre me había sentido cautivada por sus ojos, sus ojos cafés, profundos e insondables, misteriosos y hermosos. Podía hechizarme con su mirada. 

-Tardaste - dijo.

No contesté. No quería hablar, no quería darle explicaciones. Hice acopio de todas mis fuerzas para no lanzarme a sus brazos. 

-Hay algo que quiero decirte - inmediatamente se me hizo un nudo en el estómago.

M caminó de vuelta a la cama y se sentó. Hizo ademán de que me sentara a su lado pero yo preferí estar de pie. 

-Es serio entonces - comentó al ver que no me sentaba.
-Creo que debemos dejar de vernos - dije lo más rápido que pude antes de que la cobardía se apoderara de mí.
-¿Puedo preguntar porqué? - arqueó las cejas y yo sentí que me derretía. 
-Creo que es lo mejor - respiré - para mí.
-Ya veo - M no decía mucho, él siempre había sido de pocas palabras. Pero yo sí deseaba que dijera algo más, aunque bien sabía que eso no pasaría.

Se levantó de la cama y caminó hasta el balcón, yo lo seguí. Contemplamos la ciudad, los grandes edificios que nos rodeaban y la luz que se reflejaba sobre ellos dándoles un aspecto brillante. Después me giré hacia él, quería verlo lo más que pudiera, quería llevarme su recuerdo grabado en la memoria y en mi cuerpo. Cerré los ojos imaginando sus manos recorrer mi piel. 

-¿Porqué es lo mejor para ti?- su voz me sacó de mi trance.
Rebusqué en los rincones de mi mente alguna mentira, traté de recordar el discurso que había preparado junto con mi amiga, pero fue en vano, todas las palabras se habían borrado de mi mente. Así que opté por la verdad.
-Me duele que no seas para mí. 
M asintió. 
-Teníamos un trato.
-Lo sé - dije sin poder evitar que la voz me temblara un poco - y violé una de las reglas.
M seguía contemplando una vez más. Me acerqué más él y puse mi mano sobre su pecho.
-No puedes tocarme - dijo. 
-Lo sé - agregué - pero lo mío nunca han sido las reglas - supe que en ese momento debí irme pero no pude. 
Nuestras miradas se cruzaron y en ese momento supe que si él me lo pedía haría lo que quisiera. 
-Quisiera que fueras mío.
Se encogió de hombros, como lo hacía con regularidad. Era su forma de decir "no tengo nada que decir". 
La luz lo bañaba y yo solo pensaba en lo bien que se veía. El deseo comenzó a despertar en mí.
-No puedo darte lo que me pides.
- Lo sé - y esta vez no traté de ocultar el pesar que me ocasionaban sus palabras - lo supe desde el principio.
Permanecimos en silencio un buen rato. Quizás ya no había que decir. 

-Una última vez - dijo M, colocando su cabeza de lado. Adoraba ese gesto, y él lo sabía. Me tomó de la mano y entramos a la habitación. 
Me colocó de espaldas y sentí su labios en mi cuello. La piel se me erizó al instante. Estaba cayendo hacía la tentación, y tenía, debía, detenerme pero no quería. Tan solo deseaba hundirme en el profundo abismo al que él me llevaba. Colocó sus manos sobre mis pechos y comenzó a bajarme el cierre del vestido. La respiración se me entrecortó. Mi mente me decía que me fuera y lo dejara allí pero el resto de mi cuerpo deseaba permanecer allí bajo su hechizo. Me giré hacia él y lo miré a los ojos. Estaba condenada. Seguramente pagaría muy caro esta tentación. Lo besé. Sus labios me volvían loca. Estaba perdida y nunca me sentí tan bien por estarlo.

Comenzó a quitarme el vestido y contemplé la cama. Imaginé a otra mujer desnuda sobre ella, la que pronto me reemplazaría, porqué así era M. Yo me iría y el conseguiría a alguien más. Yo me iría, amándolo, y él pronto ya no pensaría en mí. El pensamiento me hizo sentir una punzada en el corazón. Lo sabía desde el principio, que nunca podríamos estar juntos. Pero acepté su propuesta porque nunca he creído en las historias de amor. Qué ilusa. Y ahora lo estaba pagando muy caro. Quise llorar pero lo suprimí. Era la última vez, no podía llorar.

Me ató las manos y me colocó en la cama. Me besaba mientras yo estaba bajo su mando, sin poder tocarlo. Así había sido siempre. Se colocó sobre mí y me miró. Observé sus ojos, y pensé que me perseguirían por siempre, y quizás lo deseaba. Me alcé lo más que pude para besarlo pero él se apartó. Lo odié con todas mis fuerzas en ese momento. Entonces me sentó sobre la cama y empezó a desatarme las manos. Me quedé en shock. Nunca lo había hecho. Hecho el lazo al piso y me miró. No dijo nada, como siempre, pero no era necesario. Nos besamos. Podía tocarlo esta vez, porque era la última vez.

***
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.

domingo, 24 de septiembre de 2017

A short story: Part II




II

Sopesé por un instante sus pregunta. No, si era honesta conmigo, la respuesta era no. No quería mi corazón de vuelta. Si lo tuviera de nuevo me traería mucho dolor. 

-No - le respondí - aun te pertenece. Él sonrió. 
-Bien entonces te quedarás en la jaula - dijo despreocupadamente.
-Pero quiero salir - supliqué.
-No puedes salir sin un corazón. - No dijo más y se marchó. 

Todo volvió a oscurecerse, y las paredes se pusieron frías. Me senté abrazando mis rodillas pensando en lo que había pasado. Recordé donde había estado antes de haber despertado en este lugar pero no lograba hacerlo. Lo más reciente que recordaba era aquel fatídico día de nuestra ruptura. Entre gritos y lágrimas nos habíamos dicho cosas hirientes. Pero entonces recordé la frase que me rompió:

-Escucha, hay alguien más.

Cuando dijo eso sentí qué dejé de respirar, y pude escuchar un "crack" dentro de mí. Y fue entonces que todo comenzó a derrumbarse. ¿Como se atrevía a decirme eso? Después de todo lo que habíamos pasado, los buenos y los malos momentos. Todos ahoran me pasaban por la mente, como un amalgama de fotos sobrepuestas, una tras otro recordaba nuestros momentos, sobre todo aquello en los que fuimos felices. Medité en la conjugación verbal de aquella frase, "fuimos", desde aquél fatídico día, todos los verbos se habían transformado en pasado. Ya no habia cabida para un "somos" y mucho menos para un "seremos". Quería llorar pero no podía, porque me hacía falta mi corazón. 

Todos me decían que me recuperaría, que encontraría a alguien más, pero yo me había sumido en un mundo gris. Me había refugiado en mi tristeza y en mi dolor. Suspiré. ¿Cuántos días más tendría que pasar en este lugar? El tiempo pasaba, y yo no hacía nada más que andar de acá para allá, sentarme, acurrucarme y recordar.  Supongo que me quedé dormida, porque una luz me despertó. La jaula estaba iluminada de nuevo, pero para mi sorpresa esta vez no era él. Había una mujer hermosa del otro lado de la jaula. Llevaba un vestido largo hermoso, y tenía una larga cabellera castaña. Resplandecía. Si mis ojos no me engañaban, aunque lo más probable era que sí, diría que parecía un hada madrina, aunque no vi que tuviera alas.

-¿Como estás Iris? 
Me desconcertó. Sabía mi nombre! Me levanté y caminé lentamente hasta ella. Me miraba de una manera casi maternal, con un brillo especial en sus ojos. 
-Quiero salir - le dije - ¿puedes ayudarme?
-Para salir necesitas un corazón, y tu no quieres de vuelta el tuyo.
-Aún lo amo - bajé la mirada. La mujer colocó su mano sobre la mía.
-Lo sé, quizás siempre sea así. Pero eso no implica que tengas que vivir aquí por siempre.
No entendía. 
-Allí esta la puerta - señaló una puerta que estaba detrás de ella pero que yo no me había percatado que estaba allí. - Pero para salir necesitas tu corazón.
-¿Porqué? - sentía que estaba pasando algo por alto.
-Necesitamos sentir para vivir - su tono era dulce - Y para vivir tenemos que sentir alegría, tristeza, dolor, enojo, amor. Las emocional nos impulsan, no somos nada sin ella.
-Aún duele - dije -
La  mujer extendió su mano a través de la jaula y me acarició el cabello.
-Lo sé, y lo seguirá haciendo por un tiempo más. Pero estarás bien.
Estaba cansada de escuchar aquella frase.
-¿Como lo sabes? - 
Ella sonrió pero no contestó.
-Tu creaste esta jaula - dijo y me desconcerté aún más.
-Yo no, yo... - tartamudeaba tratando de encontrarle sentido a lo que había dicho. - Yo no construí esto! Yo quiero salir!
-Lo hiciste - declaró - creaste un lugar para refugiar tu dolor, pero lo transformaste en una jaula, y ahora no deseas salir.
-Pero quiero hacerlo! ¡Quiero salir! ¡Pensé que me ayudarías!
-Solo tú puedes pedir tu corazón de vuelta, sin embargo deseas que él lo tenga, porque quieres seguir en este lugar, en tu propio dolor. 
La miraba, sorprendida por sus palabras pero ella seguía tan inmutable como al principio.
-No puedes ganar en el amor - dijo - no puedes esperar a que él regrese, a que te diga que estaba equivocado y que tú tenías la razón. No puedas esperar a que termine a la otra persona para estar contigo. Tal vez lo ames aún, pero si todo eso sucediera no regresarías con él porque lo amas, regresaría solo para regocijarte, para aceptar que tu ganaste, pero así no funciona. 
Traté de decir algo pero no podía, quizás tuviera razón.
-En el amor tenemos que estar dispuestos a perder, a perder un poco la razón, a perder el miedo, a perder la pena, a perder cosas materiales para que otras más importantes puedan florecer. A perder el sueño, a perder nuestra zona de seguridad para aventurarnos en algo que no sabemos a dónde nos va a llevar. Incluso a perder algo de nosotros mismos para ser mejores.
La miré, sus palabras retumbaron  en mi mente. Quizás tenía razón. 
-Para salir también debes estar dispuesta a perder - lo dijo tan naturalmente, como si estuviera hablando sobre el clima y yo estaba tratando de asimilarlo todo.
-Tengo que irme, cuándo estés lista llámalo. -dicho esto se fue, resplandeciendo a su paso mientras yo volvía a sumirme en la oscuridad.

martes, 5 de septiembre de 2017

A short story. Part1




Parte 1: La Jaula

"Algunos dicen que el amor es algo que arde". Eso es lo que pasaba por mi mente en aquella profunda oscuridad. Llevaba días allí, sin saber si era día o noche. Realmente ya no importaba, no me importaba ver el paso de los días. Lo único que deseaba era volverlo a ver.

Me llevé la mano al pecho, tratando de sentir los latidos de mi corazón. Nada. Respiré y lo intenté de nuevo, nada. Entonces recordé que yo no lo tenía, que yo no tenía mi corazón. Él se lo había llevado.
Entonces como era que podía respirar? Como era capaz de pensar? Como es que seguía viviendo? No tenía sentido. Seguramente estaba soñando o era presa de alguna alucinación. Sí, lo recordé, los humanos no podemos vivir sin corazón.

Intenté saber donde me hallaba. Quería levantarme y caminar pero las fuerzas me fallaban, así que comencé a arrastrarme en aquella oscuridad, activando mis sentidos. No toqué nada por un buen rato. Me pregunté si acaso estaba en algún tipo de espacio infinito, en un vacío dónde lo único que había era oscuridad. El pensamiento me provocó escalofríos.

Continué arrastrándome hasta que choqué con una pared. Estaba fría como el piso. Haciendo acopio de todas mis fuerzas me levanté y me recliné en ella. La textura rasposa se me lastimaba la piel, pero eso no podía compararse con el dolor más grande que sentía. Caminé pegada a ella, lentamente. Necesitaba saber hasta donde se prolongaba esa estructura. Tenía los pies descalzos y sucios. Supuse que mi aspecto general debía ser terrible. Caminé hasta que choqué con un estructura de metal. Estaba aún más frío que la pared. Guiándome del tacto, comencé a recorrer la estructura. Era larga y gruesa, como una especie de tubo. Había un un espacio y luego otra estructura igual, y luego otra, y otra más. Comencé a sentir miedo. ¿Donde estaba?

-¿Hola? - dije, pero mi voz se había transformado en un murmullo. Intente de nuevo, esta vez, traté de que sonará más fuerte - ¿Hay alguien aquí?

El silencio era tan profundo como la oscuridad en la que me hallaba. ¿Dónde me hallaba?  ¿Acaso estaba en la cárcel?

-¿Alguien puede escucharme? - pregunté de nuevo, pero lo único que se escuchaba era el eco de mi propia voz.

Me senté y comencé a llorar. No sabía que estaba pasando y tampoco si lograría salir de aquél lugar algún día. Lloré hasta quedarme dormida.

De repente se encendió un a luz. Una luz tan fuerte que logró despertarme. Trataba de abrir los ojos, pero después de haber pasado tantos días en la oscuridad, me resultaba un poco difícil adaptarme a ella.

- Despierta - me ordenó la voz, que me resultó extrañamente familiar. - Es hora de despertar.

Abrí los ojos y observé a mi alrededor. La estructura en que me hallaba era circular, rodeada por barrotes. Detrás de mí había una pared de ladrillos muy alta. Tanto la pared como los barrotes colindaban en un domo por el que entraba un torrente de luz, iluminándolo todo. Y entonces lo entendí, me hallaba en una jaula. Una inmensa jaula. 

Un sinfín de preguntas pasaban por mi mente, y no encontraba respuestas para ninguna. Caminé lentamente hacia los barrotes. Ahí veía que se encontraba alguien. Iba vestido impecable, de traje con corbata, sus rasgos me resultaban familiares, pero como aún mi vista estaba borrosa no podía deducir quién era. 

Cuando estuvimos cerca, pude ver quién era. No podía creer que él estuviese aquí. Los recuerdos se agolparon en mi mente uno sobre otros. Los buenos y los malos. Todo era un collage infinito de momentos que habíamos compartido. Sentí un mareo repentino.

-Te quedó muy bien este lugar - dijo en tono burlón - la decoración es exquisita.

Su expresión me irrito. No podía entender como unos rasgos tan bellos podían tranformarse en un aspecto tan cruel. Ya no había rastro de la luz que alguna vez vi en sus ojos, todo aquello que vislumbré en sus ojos se había esfumado, y ahora solo veía un mirada de burla y lástima.

-Parece que no te han sentado bien estos días - continúo, usando el mismo tono - tienes mal aspecto.

Quise responder, pero sabía que tenía razón, así que solo bajé la mirada. 

-Tampoco hablas, por lo que veo. 

No podía creer sus palabras, y estaba segura, que debe haber tenido corazón, me hubieran causado un gran dolor.

-¿Qué haces aquí? - traté de sonar serena.

-Tengo algo que te pertenece....o mejor dicho que te pertenecía. - Camino lentamente alrededor de la jaula.  Yo lo observaba. No entendía a que se refería.

Se detuvo frente a mí y sonrío. Despacio y con aspecto triunfal, alzó la mano derecha y entonces lo ví, allí en su mano, el sostenía mi corazón. Noté que emitía una tenue luz, y que palpitaba lentamente. Sentí que me asfixiaba, me caí de rodillas. Él me tenía en sus manos.

-¿Lo quieres? - preguntó sonriente. 

Sabía que disfrutaba con mi dolor, sabía que mi aspecto le daba satisfacción. Él había triunfado, se había llevado lo más preciado que tenía. Mi corazón le pertenecía aunque ya no estábamos juntos. ¿Lo quería de vuelta? ¿O quería que le perteneciera a él para siempre?

domingo, 26 de marzo de 2017

La surrealidad...


Pensaba en él a menudo, pensaba en él demasiado. Pensaba en los hubiera y en las casualidades que nos habían unido, recordaba también, aquellas pocas horas que habíamos compartido, aquél momento en el que nuestros caminos se cruzaron.Quizás hubiera sido una linda historia de amor, quizás. Pero la vida no nos había vuelto a reunir. Quizá solo habíamos sido un capricho del destino. Volvía a ese momento una y otra vez, con un millón de preguntas y ninguna respuesta. Porqué nos habíamos conocido? Porqué no nos hemos vuelto a ver? Porqué pienso tanto en él? Estas meditaciones vagaban por mi mente mientras me tomaba una taza de café.

Dejé la taza sobre la mesa mientras contemplaba el papel en blanco que tenía frente a mí. Me había sentado con el propósito de escribir algo, pero por azares del destino mi mente había volado hacia él otra vez, distrayéndome de mi cometido. Pensé que estaría haciendo en este momento. Lo imaginaba es la biblioteca pasando delicadamente sus manos a través de documentos importantes, de esos que le prestaban para llevar a cabo sus investigaciones. Suspiré ante tal pensamiento.

Cogí el libro que tenía sobre la repisa para distraerme de mis divagaciones, pero no lo conseguí. Mi mente viajaba hacia él, construyendo historias sobre lo que pudo haber sido. Era como si esencia envolviera el aire que me rodeaba. Lo sé, eso no tiene ningún sentido, pero a veces me gusta creer que nada lo tiene, que quizás la realidad no sea nada más que una surrealidad que nosotros vamos creando. Comenzó a entrarme la nostalgia.

Decidí darle rienda suelta a mi mente, deje que construyera esos momentos que yo hubiera deseado compartir con él, esa surrealidad en la que ambos estábamos juntos. Perdí la noción del tiempo dejándome llevar por ese sueño, esa surrealidad poética que había creado para los dos.

Cuando desperté creí que habían pasado años, pero no, tan solo habían transcurrido quince minutos. A veces no sabía quien era más cruel, la realidad por no estar junto a él o la surrealidad por hacerme creer que estaba junto a él. Lo cierto era que uno de estos días me volvería loca. Viajar entre ambos mundos tiene su precio. 

Y entonces lo entendí: "mundos" esa era la palabra clave. Quizás no podíamos estar juntos en este mundo, en esta realidad y entonces yo podía creer uno en que lo estuviéramos. Era una forma de hacerle un homenaje a aquello que no tuvimos, era la forma de volver inmortal el momento en el que lo conocí. 

Le dí un sorbo al café frío y tomé la pluma. Comencé a escribir una palabra tras otra en la libreta que antes había contemplado. No sé cuánto tiempo paso. Estaba creando un mundo para los dos, y mientras deslizaba la pluma sobre el papel sonreí.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Work of fiction: Rollin' in the deep

Podría decir que aún sentía su presencia. Quizás se debía a que estaba rodeada por cosas que le habían pertenecido. Había ropa esparcida por el suelo, el olor de su perfume aún impregnaba el aire que me rodeaba, mientras yo me encontraba sentada en medio de todo ese caos, con un cigarro que se consumía con cada segundo que pasaba. La canción sonaba una y otra vez, porque yo la repetía en cuanto terminaba. Deseaba seguir llorando, pero por alguna extraña razón parecía que se me habían terminado las lágrimas. Exhale.
Sentí que un vacío profundo se formaba dentro de mí. Fumé para tratar de llenarlo con humo, sinceramente no me importaba con qué. Quizás ese vacío le pertenecía a él, y se la llevó consigo cuando se fue. Tal vez. Aunque suene a cliché,  y un tanto patético a la vez. Pero yo quería hallar una explicación. 

Sabía que mis vecinos me reclamarían. Primero por la discusión, y luego por repetir mil veces la misma canción. ¿Acaso a ellos nunca les han roto el corazón? Tenía la esperanza de que regresara, de que esto hubiera sido un mal sueño del que pronto despertaría y que volveríamos a estar seguro, pero sabía que solo eran falsas ilusiones que me creaba para sobrellevar el dolor.

Seguía sin comprender en que momento nos habíamos roto.En qué momento había aparecido ese fisura que poco a poco se había expandido entre nosotros, hasta separarnos. No lograba averiguarlo, por más que pasaba todo una y otra vez por mi mente. Yo sabía que tenía parte de la culpa, y deseé volver en el tiempo parar reparar mi error. Pero ya era tarde.

Recogí el celular que yacía en el suelo con la pantalla estrellada. En ella se dibujaba una foto de nosotros, de nuestra última cena. Nos veíamos felices. No pude evitar pensar que solo era una fachada. Al día siguiente casi ni hablamos. Parecía que las palabras se nos habían escapado de la boca, que los besos habían perdido su magia, y que los abrazos eran, tan solo, una mera formalidad entre dos compañeros de negocios. Habíamos sido consumidos por la misma llama de nuestro amor, una llama que parecía ser inagotable, poderosa, ardiente. Y ahora nos habíamos convertido en 
cenizas.

Comencé a sentir rabia, por no haber actuado a tiempo, por haberme convertido en cómplice de nuestra ruptura. Lancé mi celular hacia el espejo que tenía enfrente. Lo hice con todas mis fuerzas. El espejo estalló en miles de pedazos, y contemplé el espectáculo expectante, maravillada ante la idea de que representaba mi propio corazón. Las piezas cayeron en silencio sobre la alfombra que cubría la sala.  Los trozos del espejo brillaban, añadiéndole un reflejo especial a la habitación.Me parecía un espectáculo hermoso, y nostálgico a la vez.

Me quedé mirándolo, extasiada, hasta que la sensación de lluvia me trajo de vuelta a la realidad. No sabía como, pero llovía, como era posible? Yo me encontraba en el mismo lugar, en la sala de mi departamento, pero una lluvia torrencial se espacia por todo el lugar. Pronto estuve empapada, y con un poco de frío, pero con una sensación distinta, liberadora. Quizás estaban lloviendo mis lágrimas.

Desperté en el centro de la sala, rodeada de la ropa y demás artefactos. Me levanté de golpe y me toqué la ropa, estaba seca, al igual que la alfombra. La música se había detenido. No tenía idea de cuanto tiempo había pasado, y la verdad no importaba, porque para mí el tiempo era distinto. Levanté los vidrios y la ropa, tiré el celular, tomé un año y me cambié la ropa. Me maquillé y me vestí, después prendí un cigarro y me senté sobre una silla en la sala. Y esperé.



****
Nota: Esta es una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Work of Fiction: Reencuentro


Caminaba deprisa por la acera esperando que la lluvia no cayera sobre mí. El cielo se había pintado de gris desde la mañana, variando los tonos mientras jugaba con nosotros, haciéndonos adivinar el momento en que dejaría caer el agua sobre nosotros. Sin embargo, a esta hora el cielo estaba casi negro y la amenza de lluvia se había transformado en tormenta. Mire mi reloj. Marcaba las 6:15 p.m. Me reproché a mí misma el no haber traído el paraguas. Resignada, continue mi camino.

Doblé la esquina y me detuve en seco. Fue ahí cuando lo vi. Por un momento creí que había empezado a llover porque escuché el sonido de un trueno espantoso. Pero no me estaba mojando. Me paralicé. Todos mis pensamientos me abandonaron. Frente a mí yacía su figura. Él también me miraba mientras se llevaba el cigarro a la boca. Quise darme la vuelta pero ya era demasiado tarde. Y entonces, cuando pensé que mi mente ya no volvería a funcionar, un torrente de recuerdos pasaron frente a mí. Todos demasiado rápido  como para poder concentrarme en ellos, un flash de recuerdos que no paraba. Me llevé la mano a la cabeza tratando de recuperar la concentración. En ese momento sentí un crack dentro de mí. Un terremoto me sacudía por dentro ocasionandomé fisuras que se iban expediendo poco a poco.

Se suponía que no volveríamos a vernos. Nos habíamos separado hace ya algún tiempo, cada quien había seguido su camino y eso era todo. Yo había cerrado ese capítulo en mi vida. O eso creía. Porque tenía que reencontrarme con él? Para mí eso desafiaba todas las leyes de la física, o de la lógica. Lo miré, y eso me bastó para recordar el sabor de su boca. Quisé caminar pero después que haría? Iría hacia él o daría la vuelta? No sabía y por alguna razón no quería averiguarlo.

Miré hacia el cielo esperando que la lluvia cayera en cualquier momento. Deseaba que se desatara con toda su furia, que me empapara y que me ayudara a escapar de este momento. Lo mire de nuevo. Quise llorar pero me contuve. Di un primer paso. Me recordé a mi misma que su presencia no tenía porque detenerme, que todo era parte del pasado, que yo me había vuelto más fuerte.

El segundo paso me recordó el momento en que terminamos. Los siguientes, me trajeron recuerdos de nuestra relación. Lo buenos momentos y los malos. Las peleas, los paseos, los besos, y las caricias. Sentí que la respiración se me cortaba, y que un intenso dolor se apoderaba de mi cuerpo pero no me iba a detener. Porque había regresado? 

Mientras caminaba hacia él, los recuerdos pasaban ante mí, era una sensación extraña. Como si la realidad hubiera colapsado y se hubiera abierto un agujero en el tiempo, y me hubiera transportado a todos esos momentos en qué estaba junto a él. Por un momento sentí que comprendía el significado de las cosas, que entendía todo aquello que me había parecido incomprensible en otro momento.

Aunque la distancia entre él y yo era corta, a mí me pareció infinita. El sonido de las manecillas del reloj me llegó, pausado y distante, no con su habitual rapidez que me recordaba que el tiempo transcurría demasiado pronto y que yo me la pasaba gastándolo en cosas sin importancia. Las fisuras que se habían hecho dentro de mi iban espárciendose, levantando capas que yo había tardado años en construir. O al menos eso me parecía. No podía entender como el volver a verlo podía ocasionar todo eso.

Él último paso me dejó frente a él. Quizá el tiempo lo había cambiado un poco pero aún conservaba la calidez en sus ojos. Toqué su rostro y el contacto con su piel activó cada una de mis terminales nerviosas. Aun recordaba la textura de su piel, en todas sus diferentes formas. Seca, húmeda, suave, tersa, áspera. Todas las conocía, todas las había recorrido con mis manos y con mi boca, y yo amaba cada una de ellas. El olor de su perfume mezclado con el del tabaco entró por mi nariz, acelerando mi pulso y dilatando mis pupilas. Me sentía en un viaje, un viaje infinito.

Y entonces comenzó a llover.



*****
Nota: Esta una historia de ficción, cualquier parecido a la realidad o surrealidad es pura coicidencia.

jueves, 7 de julio de 2016

Work of Fiction: That kind of love...

Estábamos sentados sobre la cama. La ligera brisa del aire agitó la cortina, y se coló por la habitación, suave y fresca. Suspiré.
- No quiero que te vayas- le dije, sabiendo de antemano que eso no cambiaría su respuesta.
-Tengo que.
Guarde silencio. Sentía que el tiempo pasaba demasiado lento. Él tomo la cajetilla que estaba sobre la mesita de noche y encendió un cigarro.
-Quizás si hubiera sabido de ella desde el principio - agregué, con la voz entrecortada.
-No lo hubieras aceptado.
-No lo sabemos.
-Es complicado.
-Acaso no todo lo es?
-No quiero hablar sobre filosofía.
-Ni yo, quiero hablar sobre nosotros. - Dicho esto me recargué sobre su hombro. El calor de su piel me trajo a la mente un sinfín de recuerdos. No quería que se marchara.
Permanecimos en silencio un instante. Era abrumador, Había tanto que decir pero ninguno parecía encontrar las palabras. Es como si ambos tuviéramos miedo a quebrar este momento. Bajé de la cama y me coloqué de rodillas frente a él. Quería, necesitaba mirarlo de frente. Guardar cada detalle de sus hermosos ojos.
-Volverás a enamorarte.
- Lo sé.
-Se volverá loco por ti. Y yo me volveré loco por saberlo.
-Nos amamos.
-Hay muchas clases de amor.
Cada frase que decía se hundía en mi corazón, pero sabía que tenía razón. Lo comprendería algún día, pero no en este momento. Me abrace a él, y sin poder evitarlo más, las lágrimas comenzaron a salir.
-No llores, por favor.
"Como no hacerlo?" pensé, si se me estaba rompiendo el corazón. De un momento a otro, la tristeza se esfumó y le dio paso a esa fuerza inevitable que nos hace perder el control: los celos. Me levanté y comencé a tirar todo lo que encontraba a mi paso, cada objeto desahogando mi furia, mientra yo preguntaba porqué sin obtener una respuesta.
Él se levantó tras de mí y me abrazó por la espalda. Comencé a calmarme. Sentí su aliento en el cuello y su mano comenzó a recorrer mi hombro, pasando por mi cintura, llegando hasta mis muslos.. y entonces se detuvo. Yo quería que continuara, pero sabía lo que seguiría y no quería que terminara así. Me rehusaba a que nuestra historia terminara como un cliché más.
-Porqué sucedió así?
- Tiempo - fue su respuesta.
Me giré y lo vi de frente, nuevamente. Sus ojos reflejaban la luz del amanecer de una manera hermosa. Volvía a tener razón. El tiempo nunca había sido mi aliado, yo siempre intentaba alcanzarlo pero él siempre parecía huir de mí. Me sentía como Alicia persiguiendo al conejo blanco, siempre llegando tarde.
-Crees que nos volveremos a ver?
-Sí.
Me dio un beso en la frente y volvimos a la cama. Encendió otro cigarrillo y dio una calada. Pensé en que quizá si pudo haber sido diferente pero en otro mundo, en este mundo, estabamos a estar separados, al menos en distancia, porque siempre estaríamos unidos de corazón.
Lo observé, repase cada uno de los tatuajes que adornaban su piel, aspiré su aroma. Quería grabarlo en este momento, para siempre en mi memoria. Me observó. Tomó mi cara entre sus manos y soltó el aire del cigarro. Yo lo espiré con mi boca. Nos besamos. Sentí el sabor de tabaco en su boca. Habíamos evitado besarnos, porque no queríamos que nuestra historia terminara de manera tan típica, como en los cuentos de hadas, solo que sin el "felices por siempre". Quizás eso lo hacía más poético. Después él se marchó.

*****
Me encontraba sentada en el mirador. La vista del mar era impresionante, reflejaba un azul intenso con destellos dorados, era un espectáculo maravilloso. La fuerza del viento me golpeaba en la cara y me agitaba el cabello. Agite los pies descalzos y sonreí, era una sensación mágica. El sonido de un auto me saco de mi ensueño
Una camioneta se estaciono cerca de donde me encontraba. Bajaron dos niños y sus padres. La made llevaba unos lentes oscuros y parecía contenta.  El padre llevaba una gorra y se me quedo viendo. Yo lo observé detenidamente, y lo reconocí. Repase con la mirada sus tatuajes y supe que era él. Se acercó hacia mi. Nos saludamos.
-Así que...- comencé, pero las palabras se me cortaron. Solo sonreí nerviosamente.
-Sí - agregó, siempre con sus características frases cortas.
-Es ella - él asintió - es linda.
-Te dije que te volverías a enamorar. - señaló mi mano, específicamente mi dedo donde tenía el anillo de compromiso. Sonreí.
-Siempre fuiste buen adivinador.- esta vez el se rió.
-Tengo que irme.
-Curiosa elección de palabras - me miró, pero había en él un poco de nostalgia - Sé feliz.
-Tu también.
Regresó con su esposa, tomaron unas fotos y se marcharon. Por primera vez tuve la sensación de haber llegado puntual a mi cita con el tiempo.

Me subí a mi auto y comencé a conducir hacia mi casa. Puse una pista en el radio y un montón de sensaciones comenzaron a apoderarse de mí. Comencé a llorar. Detuve el auto y deje que el mar de sensaciones se apoderara de mí. Llore un buen rato.

Cuando conseguí calmarme conduje de nuevo hacia el mirador. Estacione el auto y saqué un sobre de la guantera. Era una carta. El día que se había marchado me había dejado una carta, me dijo que la leyera cuando estuviera lista. Había pasado mucho tiempo desde ese día.
Caminé hasta el mirador y contemplé la vista. Pronto sería la puesta de sol. Me senté de nuevo y aabrí el sobre. Por alguna extraña razón sentí que la escena se me hacía familiar. Al sacar la carta me llegó un olor a tabaco, era como si parte de él se hubiera conservado en esa hoja de papel. Susiré y comencé a leer:

"Querida Sofía,
Sé que ya habrá pasado mucho tiempo para cuando leas esta carta. Confió en que estés bien. El día en que me marché quise decirte tantas cosas, pero bien sabes que siempre he sido un hombre de pocas palabras, ese es uno de mis tantos defectos. Tienes razón debí hablarte sobre ella desde el principio, quizás las cosas hubieran sido diferentes, pero no quería perderte. Quizás lo consideres egoísta de mi parte, pero sabes que no es así, tu me conoces demasiado bien. Y henos aquí. Te perdí, y eso me causa un profundo dolor. Quizás no te lo dije suficientes veces, pero, te amo. Siempre lo hice y siempre lo haré. 

Alguna vez te dije que hay muchas clases de amor en este mundo. Existe el amor fraternal, que nos une a nuestros amigos, a nuestros hermanos y a nuestros padres. Hay amor que vive en silencio. Hay amor imposible. Hay amor a distancia. Hay amor de pareja. Hay amor platónico. Los conocemos, los hemos vivido. Son parte de la vida. Pero hay también otra clase amor. 

Existe esa clase de amor que te cambia para siempre.
Esa clase de amor, que te hace levantarte todas las mañanas y dar lo mejor de ti.
Esa clase de amor que te hace ir a la cama, pensando que el mundo es un lugar maravilloso.
Esa clase de amor que atraviesa cada por cada poro de tu piel, traspasa a las células y te llega al corazón.
Ese clase de amor que te hace llorar y reír.
Esa clase de amor, que te rompe y te revive a la vez.
Esa clase de amor que te da vida, y te hace suspirar cada noche.
Esa clase de amor, que sabes que a partir de ese momento ya no serás el mismo, serás mejor.
Esa clase de amor que traspasa las barreras del tiempo, que desafía la distancia y se ancla por siempre en tu corazón y en tu memoria.
Esa clase de amor que sabes que cerrarás los ojos y lo recordarás hasta el último día.
Esa clase de amor que te acompañará todos los días de tu vida.

Tu me enseñaste esa clase de amor. Sé que suena a cliché y que tu detestas los clichés, pero tenía que decírtelo. Y quizás nadie entienda nuestra historia, pero no me importa. Solo basta con que nosotros lo hagamos. No estés triste por mí. Cada día pienso en ti y sé que lo haré hasta el último día que viva. Desafiemos la distancia, desafiemos al tiempo. Anda y sé feliz."

Quise llorar pero sonreí. Tenía razón, no importa que nadie entendiera nuestra historia, solo nosotros. Me percaté de que el sol ya se había ocultado. El tiempo pasaba demasiado rápido. Respiré profundamente y regresé al auto. Conduje hacia casa, y no pude evitar sonreír. Me sentí feliz.



Nota: Esta es una historia de ficción. Cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.


domingo, 24 de abril de 2016

Work of Fiction: Madness

El amor es una de esas cosas difíciles de entender, o al menos siempre he creído eso. Pero es que mis historias de amor nunca las ha entendido nadie, yo en cambio he aprendido que para entenderlas tienes que vivirlas. Pero allí esta lo complicado, porque todos vivimos el amor desde nuestra perspectiva, como la mayoría de las cosas, y todo lo que no entre en nuestra perspectiva se nos hace difícil de entender. Es naturaleza humana.

Estábamos sentados sobre la cama. El ruido del tráfico matutino se colaba por la ventana pero eso no nos importaba, nosotros vivíamos solo en este momento, nuestro momento. Yo estaba abrazada a su cuello y contemplaba su rostro, él me miraba fijamente. Antes no le gustaba que yo hiciera eso, pero después de que le dije que a mí no importaban las marcas del tiempo en su rostro, se acostumbró. Pasé una mano sobre su cara, acariciando sus rasgos. Cuando toqué su barba me hizo cosquillas y reí. En ese momento él me tomó de la cintura y me atrajo hacia si. Me besó. Yo cerré los ojos, porque me gustaba concentrarme en el sabor de su boca, en la carnosidad de sus labios y en lo bien que besaba. Para mí el tiempo se detenía cuando me besaba, y no me importaba nada más. Sí, sé que suena a cliché.

Cuando terminó con mi boca, empezó con mi cuello. Sus besos me producían unas cosquillas extrañas, y siempre me reía. Recuerdo que al principio detestaba que lo hiciera, y al instante dejaba de besarme, pensaba que me burlaba de él. Pero no era así. Cada vez que besaba mi cuello sentía mariposas revoloteando mi estómago y eso me hacía reír. Era la locura que sentía por él. Creo que al principio había tantas cosas que no le gustaban de mí, y sin embargo, nos enamoramos y eso no tiene sentido. Él era más grande que yo, pero yo no creía que los años que había entre nosotros eran un obstáculo, al contrario, me parecía mucho más interesante.

Yo nunca había creído en los cuentos de hadas, me parecían historias absurdas, carentes de sentido. Pero las historias reales, en cambio, me fascinaban. Aquellas con complicaciones y enredos, aquellas que no siempre tienen final feliz pero que dejan huella. Aquellas en las que el amor te consume, porque si no te consumía para mí no valía la pena amar.

Sus manos empezaron a deslizarse bajo mi blusa y sentí mi respiración entrecortarse. Comenzó a acariciarme los senos. su manos, algo ásperas denotaban habilidad, que había adquiriendo acariciando a otras mujeres, antes. Eso yo lo sabía, pero tampoco me importaba. Sus caricias eran suaves y precisas, acelerando siempre en el momento adecuado, acompasándolo con su respiración y la mía. En un abrir y cerrar de ojos la blusa había desaparecido.

Caí sobre la cama y comenzó a besar mi cintura, su barba ráspandome, procándome un ligero cosquilleo que se expandía en todo mi cuerpo como las ondas en el agua. El corazón comenzó a latirme más rápido. Pero yo deseaba su boca, quería sentir el sabor una vez más. Nos besábamos ansiosamente, deseando más cada vez. Cerré los ojos y me dejé llevar por el éxtasis. 

Empecé a tener esa extraña sensación de estarme consumiendo, como si yo fuera papel y él fuera fuego, quemándonos. Y yo deseaba volverme humo y cenizas. Para mí el amor no tenía sentido si no te consumía, si no sentías ese fuego ardiendo por dentro.... pero eso era peligroso. Había pasado por tantas situaciones antes, que antes de conocerlo sentía que me había convertido en nada y que jamás volvería arder.

A veces sentía que ya habíamos traspasado la línea que separa el amor de la locura, ese inmenso abismo misterioso en el que puedes quedar atrapada. Quizás ambos lo sabíamos pero no nos importaba. Yo perdía el sentido de la realidad cuando estaba con él

En este momento yo me encontraba en una dimensión alterna donde solo nos encontrábamos los dos. Su piel rozaba con la mía, y sus manos se movían libremente por mi cuerpo. Mi visión se hacía cada vez más nublosa.

La imagen de mi recámara se desvaneció por completo y se convirtió en un paisaje distinto. La dimensión en la que nos encontrábamos era oscura pero hermosa, con una infinidad de partículas flotando alrededor de nosotros, quise tocarlas pero parecían estar fuera de mi alcance. La cama había desaparecido y nosotros nos hallábamos suspendidos en medio de todas ellas.

De repente sentí tensarse todo los músculos de mi cuerpo, y cada una de mis células nerviosas parecían querer estallar. Ya no pensaba, solo sentía. Y entonces comencé a caer en ese oscuro e inmenso vacío, las partículas brillantes caían sobre nosotros. Era el delirio en estado puro, era el amor consumiéndome.

Abrí los ojos y vi el techo. Comencé a relajarme. Lo besé una vez más y lo abracé, mientras sentía como su cuerpo y el mío se ajustaban al mismo ritmo de respiración.



Nota: Esta es una obra de ficción, cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia. La obra esa inspirada en la canción "Madness" de Muse, de la que se deriva el título.

sábado, 2 de enero de 2016

Work of Fiction: Clara

México, 14 de Agosto del 2014.

Movía el café lentamente con la cuchara, con movimientos circulares, lo miraba fijamente, como si allí pudiera encontrar respuestas a las interrogantes del universo. Habíamos ordenado el almuerzo y después habíamos guardado silencio, sin embargo, no era uno de esos silencios incómodos ni aburridos, era de uno de esos silencios cargados de palabras que no nos atrevíamos a decir. Un silencio que aguardaba, expectante, a que alguien pronunciara la primera sílaba de una palabra. Pero no me molestaba, mientras ella contemplaba  su taza de café, yo la contemplaba a ella. Sus delicadas manos, el cabello castaño que le caía sobre los hombros, su vestido rosa, pero sobre todo, sus labios, sus perfectos labios, tan cercanos y tan posibles de besar. 

Alzó la mirada, y sonrió ligeramente, fueron sus perfectos labios los que rompieron el silencio:
-De que querías hablar?
Yo también sonreí. Yo la había citado ahí, pero aún no era tiempo de desvelar el motivo.
-Solo quería verte, hace mucho tiempo que no te veo.
Volvió a sonreír.
-Este lugar es muy bonito, nunca había venido.
-Me lo recomendó una amiga- mentí.

El lugar había sido una especie  de invernadero, pero ahora se había convertido en un restarurant de cristal, de las paredes aún colgaban enredaderas y en algunos sitios había flores, como un recordatorio de lo que fue. Pero lo que más me gustaba era la forma en que caía el sol, en como la luz traspasaba las paredes de vidrio y caía ligeramente sobre las personas, dibujandoles un aura. Era bello y melancólico. Y la luz en este momento caía espectacularmente sobre Clara, iluminándola, era hermoso. 

Platicamos de cosas banales, del trabajo, de la vida cotidiana, de la rutina, corrección, de mi rutina, porque Clara odiaba esa palabra, y ella se rehusaba a tener una. Desayunamos. Y el tiempo transcurría, y yo seguía sin desvelarle el motivo de nuestra cita. Sabía que tendría que apurarme, pero esperaba el momento preciso, aunque ese momento nunca se sabe cuando es. Pero antes tenía que saber algo, así que le hice la pregunta:

-Como van las cosas con Co...?- no terminé la pregunta porque ella me miró seriamente. En ese momento supe, que no debí haber hecho esa pregunta.
-No quiero hablar de eso.

Tomé un poco de café y Clara se dipuso a sacar un cigarrillo.
-Creí que ya lo habías dejado.
No me gustaba que Clara fumara. 
-Siempre haces suposiciones sobre mí- fue su fulminante respuesta. No sabía porqué pero sentí un trasfondo en sus palabras, como si quisiera darme a entender algo. El café me supo más amargo.

Clara colocó el cigarro sobre sus labios, y lo encendió. Ella fumaba desde que yo la conocí, y aunque lo dejaba por algunos meses siempre regresaba a el. -Es mi única rutina - decía, con una mezcla de melancolía y amargura. 

-Me iré a París - dijo con aire seco. Sus palabras salieron de la nada pero me golearon como un torbellino. Enmudecí por unos instantes.
-Cuándo?- fue lo único que pude balbucear.
-Dentro de dos semanas. No sé cuando regrese. No se si regrese.
-Porqué? 
Ella se encogió de hombros. Yo estaba acostumbrado a esa clase de respuestas, pero esta vez no iba a aceptarlas.
-Escucha Clara, creo que te estás apresurando.
-Lo llevó planeando desde hace unos meses.
Eso me dolió. Cierto Clara y yo no nos veíamos muy seguido, pero procuraba mantenerme en contacto con ella y no me lo había dicho. No tenía porqué darme explicaciones, pero yo quería una explicación. Éramos amigos, me la debía.
-Es por Cortez? - esta vez si completé mi pregunta.
Rafael Cortez era el hombre con el que Clara mantenía una relación. Él era casado y Clara lo sabía, pero ella decía que solo era "algo casual" y que eso no le importaba. "No hay amor" recuerdo que me había dicho, y me pidió que le llamara por su apellido, para no crear un vínculo más profundo, el apellido le parecía más formal, el nombre más íntimo. Sin embargo, su repentina partida, para mí estaba ligada a ese hombre. Tuve ganas de romperle la cara. 
-Rafael y yo terminamos.
Lo dijo. Ella había dicho su nombre. Entonces había algo más entre ellos. Hasta ahora Cortez había sido solo un apellido, un fantasma, pero ahora empezaba a tomar forma y eso no me gustaba.
-Lo amas - dije, sin poder evitar un tono amargo.
Clara suspiró.
-No, pero el estaba enamorado de mí.- su respuesta me sorprendió.- Me dijo que iba a divorciarse, que quería estar conmigo. No pude soportarlo. Tuvimos una pelea horrible. Las cosas no debieron suceder así. El no debía enamorarse de mí. - Me miraba fijamente, y por una vez, creí percibir que su respuesta no solo iba dirigida a él, sino también a mí. Ella lo sabía. Lo sabía.

-Escucha, Clara, yo....
-No lo digas por favor. 
Esta vez la miré yo, esta vez con reproche.
-Te amo. - lo dije sin poder evitarlo.
Ella tomo su bolsa y salió del restaurante. Durante un momento no pude creerlo, se había ido. Pensé en quedarme ahí, con todo mi coraje, pero decidí no hacerlo. No actuaba con sensatez, actuaba por instinto. No podía dejarla ir. Dejé dinero sobre la mesa y salí tras ella. La detuve justo antes de que tomara el taxi.

-Porqué haces esto Clara? Porqué siempre huyes del amor?
La sostenía con fuerza. 
-Tu no me amas - dijo entre sollozos.
La miré, como se atrevía? Ella que sabía de mis sentimientos? Ella no sabía nada. Sentí la furia apoderarse de las células de mi cuerpo. Quería golpear algo. Le di una patada al parquímetro.
-Tu amas las suposiciones que haces sobre mí. No a mí, no a esta Clara que soy.
No entendía lo que me estaba diciendo, solo quería que se retractara. Que dijera que ella me amaba también. De vez en cuando también los hombres esperamos una escena romántica.
-Tu crees que cuando estemos juntos yo voy a cambiar y me convertiré en una chica dulce y tierna, una chica que necesita ser rescatada de la torre. Pero no lo soy, no lo puedo ser!
Había vuelto a su discurso. Y yo seguía sin entender nada. Yo la amaba, era lo único que sabía.
-Escucha, Clara, te conozco. Sé como eres, somos amigos desde hace años. Y me enamoré de ti por como eres. Me has mostrado tu verdadero yo, al menos que me hayas mentido todos estos años, pero no lo creo. Sé que no eres la chica que voy a rescatar de la torre. Eres demasiado lista. Eres demasiado desesperada, eres aventurera. Sé que para cuando yo llegará a la torre tu ya te habrías ido. Eres una fuerza demoledora.

Clara lloraba. Y como detestaba que llorara. Y menos aún por mi culpa. La abracé.
-Porqué no lo intentamos?
Comenzó a llover.
-Tengo miedo- dijo entre sollozos.

****
París, 07 de Octubre del 2015

Nos reencontramos en un parque de París. La esperaba sentado sobre una banca mientras tomaba un café. La vi llegar y recordé la última vez que la vi en el restaurant- invernadero. Sonrió. Nos saludamos y platicamos de su nueva vida. Vine para ver su primera exposición en París, será en una una pequeña galería pero parece muy entusiasmada. Hacemos bromas. Pese al silencio que siguió al evento en el restaurant decidí venir. Ella me había invitado, y yo la extrañaba. Extrañaba su compañía. La extrañaba en todos los aspectos.

Le platiqué sobre Susana, mi novia. Ella me contó que tiene una mascota, un gato llamado Suki. Caminamos por el parque. Me habla sobre París y le preguntó si tiene novio. Ella me dice que no.

Hay algo especial en este momento, pero no sabría decir qué es. Percibo algo diferente alrededor de nosotros, una especie de energía que nos envuelve. Caminamos, comemos, cenamos. Vistamos la torre Eiffel. Y al final del día contemplamos el cielo nocturno. Antes de despedirnos dijo:

-Te extrañaba. Dime que seguiremos siendo amigos.

Y lo hice.  Me di cuenta que aún la amo, y creo que siempre lo haré. Tal vez debería dejar de conjugar verbos en futuro y pensar más en el presente. Porque solo puedo hablar del presente. 
Y hoy la quiero.



Nota: Esta una obra de ficción, cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Work of fiction: El Beso




Carolina y yo llegamos puntuales a la fiesta, como era mi costumbre. Ya sabía de antemano que no habría nadie, tal parece que la impuntualidad es un defecto que se ha metido hasta los huesos en la mayoría de las personas, pero no me importaba, así aprovecharía para charlar con  Marisela y ponernos al corriente con lo que sucedía en nuestras vidas. Tenía mucho tiempo de no verla, y por ende, mucho que contarle. La celebración de su 25 cumpleaños me parecía estupenda para un reencuentro.

Marisela abrió la puerta y no saludó. La abracé fuertemente y él solo verla me hizo sentir más feliz, sentí como si el tiempo no hubiera pasado y flashes de nuestros buenos momentos pasaron por mi cabeza. Hay amistades que duran por siempre. O eso quería creer, porque ambas habíamos cambiado con el paso del tiempo, y una parte de mi se preguntaba si aún tendríamos tantas cosas en común como antes. 

Pasamos a la sala y comenzó la plática, fluida y agradable, cada una narrando las aventuras que habíamos pasado. Pronto surgieron las carcajadas y los recuerdos de los momentos que habíamos vivido juntas. Carolina, Marisela y yo nos conocimos en la escuela, y desde entonces nos hicimos muy buenas amigas, aunque cada una había tomado un camino distinto era agradable estar cerca de ellas de nuevo, riendo y platicando, como en los viejos tiempos.

Al poco rato empezaron a llegar los invitados, y la fiesta comenzó. Pasamos al jardín. El licor y los bocadillos también empezaron a fluir (y a consumirse) con rapidez. La música comenzó a sonar, algunos se animaron a bailar mientras otros permanecieron en sus asientos platicando. El olor del cigarro pronto inundaba el aire y me sentí tentada a fumar uno, pero lo estaba dejando aunque el plan no estaba funcionando muy bien, quizás la palabra correcta era que estaba disminuyendo su consumo.

Carolina y yo platicamos con algunos de los amigos de Marisela, ella como buena anfitriona andaba de un lado a otro atendiendo y platicando con todos sus invitados. Conforme pasaba el tiempo, se empezó a notar una disminución en la energía de los invitados, parecía que alcohol y la comida ya estaban haciendo sus tragos. 

Sin poder resistirme más me retire a uno de los extremos del jardín para fumarme un cigarro. La temperatura había bajado más en el transcurso de la noche, así que abotoné todo mi abrigo. Contemple el cielo, el tenue brillo de las estrellas iluminaba el pálido cielo. A mi mente me vino un nombre: Martín. Hace pocos días habíamos terminado nuestra relación porque me enteré que me había estado enganando con una tal Jacqueline. Eso me había dolido demasiado. Martín y yo habíamos tenido una relación complicada desde el principio, pero precisamente eso era lo que más me atraía de nuestra relación. Peleábamos demasiado, la mayoría del tiempo por cosas demasiado ridículas, pero por alguna loca razón. ese era el combustible de nuestra relación, y ambos lo sabíamos.  Éramos polos opuestos y eso al final, nos pasó factura. Tal parece que él se había cansado de nuestra "relación consumista" (así la llamó el día en que rompimos).

Esa había sido su excusa, pero ambos sabíamos que era mentira. Nos conocíamos demasiado bien. Lo cierto era que se había enamorado de Jacqueline y que a mí había dejado de amarme. Fue muy doloroso. Los días posteriores a la ruptura fueron una locura. Pasé días sin salir de mi casa, con demasiado alcohol en mi sistema, llorando y fumando. Fue deprimente. Hasta pedí incapacidad en mi trabajo. Apenas estaba recuperándome y la invitación de Marisela me había parecido una buena idea para despejarme.

-Hola de nuevo - dijo una voz sacándome de mis pensamientos. Se trataba de uno de los amigos de Marisela con él que había conversado apenas un rato, pero no podía recordar su nombre. Había escuchado tantos que ya se me habían revuelto algunos y olvidado otros.

-Hola- dije sin muchos ánimos de platicar. Escuché el sonido de un encendedor y lo observé detenidamente. Se estaba fumando un puro. Al menos era de los míos.- Vaya, tu si que sabes - le dije esta vez más animada- tiene mucho que no fumo uno de esos.

Sonrió y me pareció que tenía una linda sonrisa. Maldito alcohol.

-Sí, bueno, así pasa cuando ya tienes el vicio muy arraigado. Requieres algo...más fuerte.Qué te parece la fiesta?

-Genial - dije - 

-Desde cuándo dijiste que conocías a Marisela?

-Desde hace 10 años 

-Vaya eso es mucho tiempo - me miró, y levantó un vaso de plástico a manera de brindis.- Salud!

Tomó un buen trago del vaso y después dio una bocanada a su puro.

-Qué tomas? - pregunté con curiosidad.

-Vodka... en las rocas.

-Vaya eso si que es pro - la verdad es que no conocía a muchas personas que tomaran vodka derecho, así que estaba algo sorprendida.

-No tanto así - dijo sin darle importancia - pero tu no tienes vaso.

-Ya no estoy tomando

-Pues deberías, estamos celebrando.

-Oye, espero que no te molestes pero podrías recordarme tu nombre? He escuchado demasiados y tengo mala memoria.

-Fernando - dijo mirándome fijamente. Yo no pude evitar sonreír tontamente. - El tuyo es Paulina - dijo - yo aun tengo buena memoria con todo y el vodka.

No pude evitar reírme. No lo describiría como guapo, pero tenía "algo" que llamaba mi atención. Tal vez era su encantadora sonrisa, sus ojos negros profundos o la seguridad que aparentaba. O tal vez porque me recordaba vagamente a Martín. O tal vez era todo eso. Comenzó a sonar una melodía. 

-Quieres bailar? - preguntó estirando la mano. Dudé un momento pero al final acepté.

La melodía era una balada. Parecía que habíamos llegado al inevitable momento de la fiesta en el que la melancolía embargaba a todos y era el momento de recordar a viejos amores, a amores no correspondidos, o todo aquello que nos hacía sentirnos tristes. Maldito alcohol.

Fernando colocó sus manos sobre mi cintura lo cuál me sorprendió. No nos conocíamos y me pareció algo atrevido de su parte, pero una parte de mí quiso seguirle el juego. Así que coloque mis manos alrededor de su cuello. En seguida pintaría mi raya y le dejaría en claro que no estaba en un mood romántico. El romanticismo era lo último que deseaba en este momento, así que comencé con mi serie de preguntas irreverentes.

-Entonces, fuiste novio de mi amiga?- la pregunta lo tomó desprevenido pero rápidamente contestó.

-No, para nada. Marisela es como una hermana para mí.

Oh sí claro. Como una hermana. Nunca me he creído eso del amor fraternal que los hombres dicen sentir por alguien. Patrañas. Yo seguí, tenía que pararle su carro antes de que continuara con su plan maestro de seducción.

-Pero hay alguién que te gusta de este fiesta no es así?

Me miró fijamente un momento y respondió - Sí, en eso tienes razón. Su nombre empieza con P.

El corazón se me fue al suelo. No me imaginé una respuesta tan directa. Pero no, yo no podía ni quería nada que ver con los hombres en este momento.

-Patricia - dije refiriéndome a una de las chicas que estaba en la fiesta, amiga cercana de Marisela.

Sonrió.

-No, aunque no lo voy a negar es bastante guapa. Pero no. Eres tú.

Pum! Otra respuesta que no esperaba. Pero como se atrevía? El juego no estaba saliendo como yo quería. Tragué saliva. A dónde se van las respuestas ingeniosas cuando las necesitas?

-De hecho quisiera besarte.

Y volvió a sonreír. Ahora su sonrisa no me parecía nada linda, sino que se me hizo arrogante. No podía darle el gusto de ganar, no! Además no podía besarlo. El recuerdo de Martín estaba muy fresco. Sentí una punción en el corazón, el dolor estaba aún muy fresco. Yo no estaba para esas cosas, me hallaba en otra sintonía: antiromance, antirelaciones, antihombres. No, no, no.

No podía besarlo. Pero sabía que si no lo hacía me preguntaría algún tiempo después, como había sido besarlo, a que sabría su boca (aunque de eso ya me daba una idea), y a dónde nos habría llevado ese beso. Porqué ée haces esto mente? Además no podía besarlo, era amigo de Marisela, y que iba a decirle si nos veía? No, era una mala idea.

Pero quería besarlo. O al menos una parte de mí quería hacerlo. Besar es una mala idea. Un beso puede ser tu perdición, te puedo llevar a mundos desconocidos y peligrosos. Eso me paso con Martín, lo besé y fué mi perdición. Aún recuerdo la electricidad que recorrió mi cuerpo ese día. Cada vez que lo besaba sentía que mi corazón sufría una recarga, me palpitaba más rápido, tanto, que sentía que me faltaba el aire, pero no podía parar. Sus besos eran una maldita droga, y yo era una adicta que los necesitaba para sobrevivir...Pero eso ya había terminado.

Lo miré fijamente, y lo besé. Por curiosidad, porqué lo necesitaba, porque lo deseaba. El recuerdo de Martín se disolvió rápidamente y me concentré en lo sabores de la boca de Fernando. Vodka, humo, algo dulce, rock & roll. Y sentí como el corazón se me paralizaba, como si se detuviera, y pensé que iba a desfallecer. Era una sensación tan diferente. Y después lo sentí moverse de nuevo, latir al paso de nuestro beso. Había sido como magia. Había renacido en un beso.

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Nota de la autora: Esta es una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad o la surrealidad es pura coincidencia.
La balada que bailan los protagonistas es "Labios rotos" de Zoé.